Hay que dar por terminada la campaña electoral: a las cosas

El triunfo no otorga al ganador derechos con los que no cuenta, sino más bien obligaciones que cumplir. El respeto por los matices se pone en peligro cuando se pide ver las cosas solo en dos opciones: blanco o negro.

No cesan los argumentos proselitistas a pesar de que la Argentina ya tiene presidente electo. Ya sabemos la dimensión de la crisis y ahora es necesario conocer cómo salir. Sin embargo, se continúa en campaña. 

Es posible que ocurra porque el nuevo presidente debe constituir su núcleo propio tras haber sido impulsado al cargo por Cristina Kirchner y, ahora, quiera separarse de su madrina como lo hiciera Néstor Kirchner de Eduardo Duhalde, en su momento. Pero también porque no se trata de un solo movimiento, sino de dos los que componen el triunfador Frente de Todos: el kirchnerismo y sus múltiples sectores, imaginarios y colectivos que lo componen, por un lado, y el Partido Justicialista con sus tradiciones y folclore, del otro.

Es en ese marco de "campaña permanente" que se somete a latigazos verbales, se buscan fotos, contextos semióticos y pocas cosas concretas. Pero justo esto último es lo que hace falta. La fragilidad argentina es permanente, pero nadie ha dictaminado que sea eterna: probablemente podamos salir, pero no solo con actos simbólicos o posicionamientos coloridos, sino con hechos palpables.

Esto sucede también en una oposición que tiene un amplio sector en lo que se llamó Cambiemos, pero en la que se van a ir acomodando muchos otros grupos más pequeños buscando alcanzar mayor relevancia. Dentro de Cambiemos, inclusive, ya surgió la disputa por mostrar quién es quién y la UCR saca pecho frente a un PRO al que considera casi un partido municipal porteño. No se dividen, pero dan pelea y, para ello, salen a marcar territorios y temas.

El peronismo ampliado de Fernández y Fernández consiguió una confianza suficiente de la ciudadanía, pero para actuar, y no para seguir en campaña. Hasta ahora, se ha mostrado más con quienes quieren gobernar que con quienes gobiernan, a la hora de construir su red de contactos internacionales.

Y en los últimos días ha surgido un elemento con tintes autoritarios que torna complejo las relaciones institucionales internas, en un país que -sabiamente- sostuvo un Congreso equilibrado que ya no será una escribanía. Es el argumento que "el que gana se lleva todo", sin tener en cuenta que unas veces el pueblo los elige con un 54% de apoyo, y en otros con un 48%, y así va cambiando, hasta que los rechaza o le da el poder a otros.

Mientras rija la actual Constitución, el sistema es republicano y no cabe la suma del poder público a fuerza de juntar mayor cantidad de gente en las calles o tuitear a lo loco para resultar ser trending topic. La complejidad constitucional es sabia al no entregarle todo el poder a uno solo.

Pero además, es necesario remarcar -junto con el pedido de que corten con el proselitismo para ponerse manos a la obra- que el triunfo no otorga al ganador derechos que no tiene, sino más bien le pone por delante obligaciones a cumplir.

No se pueden borrar fallos judiciales ni por el simple deseo de libertad, por simpatía, o marketing, sustituir las decisiones de la Justicia con declaraciones altisonantes y comunicados de apoyo.

Quien gana debe someterse a las reglas del juego, que no es avasallar todo, precisamente. Eso representa la garantía de convivencia en un mismo suelo y bajo una misma bandera, cosa que se rompió -por citar un ejemplo candente- en Venezuela, al forzarlo todo, destruir el entramado social, económico y político y en donde ahora oficialismo y oposición navegan a la deriva sobe restos de un estado que explotó, en un naufragio democrático que está dejando pocos sobrevivientes.

Nadie ganó más de lo que ganó. Nadie perdió más de lo que perdió. Y a partir de esta convivencia, cada cual deberá atender sus responsabilidades.

Pero si el hilo conductor de los nuevos tiempos resultara ser optar por blanco o negro, una vez más, todos viviremos en la dificultad de desconocer los matices que hacen rica a una sociedad que no se disciplina, ni arrodilla, ni obedece; que cambia de opinión cuanta veces quiere o le parece apropiado hacerlo.

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