El paso y el peso de Alfredo Cornejo por el poder en Mendoza

Un "animal político" que termina su gobierno y deja un volumen de acciones, decisiones y hechos para el debate en torno a la condición de ciudadanía y el lugar que nos toca como Estado dentro de la Argentina.

Aristóteles se refería al hombre como un o (zôion politikón), siendo que significa ‘animal', y o puede traducirse como ‘político': animal político. El hombre (la persona humana en general y no solo los hombres) se diferencia de los animales, entre otras cosas, porque vive en sociedades organizadas políticamente, en cuyos asuntos públicos participa en mayor o menor medida, con el objetivo de lograr el bien común: la felicidad de los ciudadanos.

´Terminan los cuatro años de gobierno de Alfredo Cornejo, a quien en más de una oportunidad se lo tildó de tal, como si se tratase de una condición excepcional. En algunos casos, se utilizó despectivamente, para aislarlo y analizarlo como un "especimen" diferente. En otros, un elogio simple pero contundente, aunque también extrayéndolo del conjunto.

Haberlo hecho implica, necesariamente, la exclusión del resto de la definición aristotélica. Y eso no es bueno, porque toda la sociedad debería estar compuesta por seres capaces de dialogar, insistir, proyectar, debatir y conseguir llevar adelante acciones que busquen, como señalaba el filosofo, "la felicidad del pueblo".

Planteado así el objetivo suena a lo que hoy denominaríamos un fin populista o lo que se dijo mucho en tiempo de campañas electorales: ponerle plata en el bolsillo a la gente o llenar su heladera. Sin embargo, lo populista es la interpretación de "felicidad" que se hace desde algunos sectores: consumo y dispendio, sin límites. Una infantilada: que mamá y papá te dejen comer caramelos hasta reventar.

Sin dudas que el paso de Cornejo por el poder en Mendoza dejará mucho análisis por hacerse. En primer lugar, porque su camino para llegar a la gobernación no fue sencillo, sino sinuoso y complejo. El establishment partidario le cerró los caminos y tuvo que emerger con un ejército de "ningunos" a llevar adelante lo que en los corrillos cercanos al ahora juramentado diputado nacional se llamó como "la revolución de los sargentos", consigna que mutó -ya en el poder- a "revolución de lo sencillo". En el principal caso, que pasaran a hacer cosas y ocupar cargos los que lo tenían vedado por el exagerado poder de veto de un Olimpo de decisores. En el otro, hacer que las cosas de todos los días funcionen y que el Estado fluya como solución y no como problema.

Cornejo no consiguió que Mendoza funcione mejor, pero sí motorizó un cambio cultural que pasa por no sentarse a esperar a que otros decidan el destino de la provincia. La decadencia del cargo de Gobernador a lo largo de la historia fue desdibujando su capacidad directriz, para someterlo a la tarea de delegado del poder porteño, ya fuera a gusto o a regañadientes, pero tan solo eso al fin.

Lo que representa Cornejo, aun para los que le critican su "autoritarismo", es la restitución del poder simbólico al Gobernador y, con ello, la esperanza de que no solo uno ni sus seguidores abreven en el planteo de Aristóteles, sino los sectores con capacidad, ganas y volumen para determinar que el estado de las cosas cambien para mejor: políticos, empresarios, gremialistas, académicos. Todos, animales políticos activos en función de "la felicidad del pueblo" en términos de una sociedad funcionando en lo que respecta a sus controles, equilibrios, capacidad de decisión y cambio, de planificación y proyección hacia el futuro.

Es por ello que en cada balance positivo sobre la gestión de Cornejo hay un argumento en su contra, también. Es posible que la historia evalúe el período como una gran transición, si es que la continuidad así lo termina sellando como rumbo. Fue audaz para embestir contra el Poder Judicial y avanzó sobre otro poder del Estado con el trabajo conjunto del Poder Legislativo, pero fue para empezar a romper el funcionamiento por herencia, la acción de clanes internos y "familias" propietarias de porciones importantes de las decisiones en torno a los bienes y las libertades de los demás.

Fue violento al embestir contra el gobierno anterior, sí. Lo atosigó con presión e hizo pesar sus fieles en la balanza legislativa como ocas veces había ocurrido antes. Y lo fue porque el poder local se había tornado un "no poder" hacer nada sin el visto bueno cuasi imperial de Buenos Aires, en decisiones de carácter tan pequeñas que obligaban a hocicar a cualquiera y diluir cualquier idea de organización social que no fuera la de súbditos de un accionar cuasi feudal.

En definitiva, no está todo dicho yes aceptable un nivel de debate en torno al paso de Cornejo y el equipo que constituyó por el gobierno de Mendoza. Pero un elemento que no deberá faltar en las discusiones, nunca, es la posibilidad de comparar cómo hubiese sido si los resultados electorales hubiesen sido al revés.

En Mendoza, en 36 años de democracia, exhibimos un diferencial de alternancia en el poder y, aunque sostenemos un gran nivel de disconformidad con lo sucedido en los gobiernos, más en unos que en otros, hubo 5 gobernadores de cada partido.

Aquí radica un poder ciudadano de gente que no quiere esperar la felicidad solo con la heladera llena o con una tarjeta liberada a meterse en créditos, sino que opina, discute, elige y que, de ahora en más, es posible que tenga la vara más alta a la hora de medir por quiénes votar y cómo evaluarlos cuando terminen sus mandatos.

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